La música y Río de Janeiro

 “Se dio cuenta de que desde su infancia no hace otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases, buscar expresiones, corregirlas, de modo que al final no hay palabras precisas, su sentido se difumina, pierden su contenido y se convierten en residuos, hierbajos, polvo, arena que vaga por su cerebro, que le duele en la cabeza, que es su insomnio, su enfermedad. Y en ese momento sintió el anhelo, oscuro y poderoso, de una música inmensa, de un ruido absoluto, un bullido hermoso y alegre que abrace, lo inunde y lo ensordezca todo y en el que desaparezca para siempre el dolor, la vanidad y el nihilismo de las palabras. ¡La música, la negación de las frases, la música, la antipalabra!”

“Si el día de mañana despertaras con las habilidades y talento para ser lo que quieras ser, ¿qué serías?”
Algunas veces, cuando mis amigos y yo nos alejamos de la realidad y creemos que todo es posible, esa pregunta es una de las más recurrentes en nuestras charlas.  Al llegar mi turno no dudo en responder que elegiría ser músico. “¡¿Músico?! ¿Qué no te gustaría ser escritora?” Por supuesto que me gustaría. Sin embargo, escribir es una actividad que, bien o mal, practico durante toda la semana: en los talleres de creación literaria, en los ensayos de la universidad y en los días en que la realidad es tan imperfecta que la única forma de mejorarla es esbozando palabras en un papel.  En cambio, mis dedos y mi memoria se atrofiaron a tal grado de recordar solo unos cuantos acordes de guitarra. Desde hace tres años me convertí en una simple escucha.
Después de responder a la pregunta y dar mi explicación, soy presa de una tremenda nostalgia. Empiezo a recordar los años en los que iba a mis clases de guitarra, cuando formé parte de, lo que pretendía ser, una banda y aquellas tardes de ensayos en las que despedíamos al sol con alguna canción. También me lamento que las circunstancias me hayan hecho crecer lejos de mi abuelo materno, quien era músico. Y finalmente, recuerdo que mi padre murió con el sueño de aprender a tocar el acordeón.
Además de ser simbólica, la música, al igual que la literatura, liberan. Sin embargo, con la lectura la explosión de sentimientos y emociones no se presentan de la misma forma. Con la lectura uno es disimulado, se va con cuidado. Se toma su tiempo para analizar aquella frase que lo deja perturbado y días después la emoción estalla. En cambio, con la música las emociones son instantáneas. La música no se racionaliza: se siente.
Ahora que estoy volando por los cielos de América Latina recuerdo que además de todo lo anterior la música nos mueve y nos enamora, pues una de las razones por las que estoy aquí es por la música, que me hizo deslumbrarme por un Río de Janeiro desconocido para mí.
No importa si es Bossa Nova, Samba, Tropicalía o Choro.  Si es Caetano Veloso, Chico Buarque o João Gilberto. Cuando las guitarras, los tamborines, las flautas, el saxofón y la cuica empiezan a sonar, es como si sentimientos ajenos a mi estado emocional actual me atacaran. Es sentirte completamente enamorada, feliz o triste sin estarlo realmente.
En este momento, las luces del avión están apagadas y la gente duerme, yo no puedo. Tampoco puedo leer y por lo tanto la música será la encargada de hacer más llevaderas las horas que restan de vuelo. Ahora, una única pregunta se combina con el sonido de la música: ¿cuál será la canción que entonaré cuando las llantas del avión toquen la pista del Aeropuerto Internacional Tom Jobim?
Publicado el 08/07/2015 en violetavaal.blogspot.mx

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