Cuando no consumir drogas se vuelve una decisión ética

El sábado 25 de marzo recibí un mensaje en WhatsApp. Era mi amigo Daniel, un chico de veinte años, originario de La Cruz, Elota (al igual que yo), que ese día haría su debut como músico en un festival de Culiacán. En su mensaje decía que él y su familia, mientras se dirigían a la capital, se habían topado con un fuerte enfrentamiento armado en la sindicatura de Pueblos Unidos. El audio que enviaba Daniel, donde los impactos de bala se escuchaban tan nítidos y cercanos, agudizaba la impotencia y el miedo que me invadían: impotencia al no poder confiar en una estructura policial que llegaría a silenciar las armas y miedo a que una de ellas lanzara una bala que tuviese por destino a Daniel o a su familia. Ese día ellos no pudieron llegar a la presentación y aunque regresaron vivos a La Cruz, el hecho de estar tumbados en el suelo dentro de una casa desconocida, esquivando balas y la idea de que en cualquier momento pudieran morir, no los hizo regresar del mismo modo a su hogar.

Daniel y su familia resultaron ilesos, pero otros tantos no. Mi desazón se prolongó durante toda la semana y aunque quise concentrarme en otro dilema como la ética en el quehacer mercadológico o la ética en el arte, este evento sirvió para volver a desmembrar, desde una perspectiva ética, mi postura sobre el consumo de drogas ilícitas. Para esto habré de problematizarlo con ayuda de estas preguntas: ¿Por qué es relevante este dilema?¿Son buenas o malas las drogas? ¿Por qué no consumirlas? ¿Qué tan ético es quejarse de la violencia y, al mismo tiempo, consumir drogas? ¿Son las drogas o la violencia, que generan los grupos que la comercializan, el problema? ¿El no consumir drogas nos exime del problema? ¿Qué alternativas tenemos?

Como mencioné anteriormente, pude abordar otros dilemas. Sin embargo, el espectro que contempla esta problemática es mucho más amplio y de gran relevancia en nuestro contexto actual: nos concierne a mercadólogos y abogados, funcionarios y amas de casa, docentes y vendedores ambulantes. La violencia que genera la comercialización de drogas nos corresponde a todos como ciudadanos y mucho más si tenemos en cuenta que vivimos en Sinaloa. Aunado a esto, la violencia se acrecienta: durante la primera semana de febrero, Sinaloa ya tenía un saldo de 24 muertos a causa de los enfrentamientos que se han efectuado entre los grupos internos del Cártel de Sinaloa. Tristemente esto no ha logrado que el sinaloense salga de la apatía o la resignación de que siempre ha sido, y será, así.

Para abordar una problemática desde la óptica de la ética, es preciso hacerlo en ejercicio pleno de una virtud: la sinceridad. A mis veintidós años, viviendo en Sinaloa la mayor parte de mi vida y moviéndome entre distintos estratos sociales y culturales sería incrédulo creer que nunca he tenido contacto con drogas ilegales, que nadie a mi alrededor las ha consumido, que son “los otros” quienes lo hacen. Sin embargo, yo he decidido no consumir drogas ilegales por una cuestión ética y no moral. Si mi decisión fuese moral yo daría por hecho que las drogas son malas y que todo aquel que las consume también lo es. Afirmaría que la naturaleza maligna de las drogas radica en su nocividad para nuestra salud. Además, la idea de que estas desaparezcan me parecería asequible.

En cambio, atribuyo a las drogas una naturaleza dual, como (metafóricamente) la de un martillo:  con él es posible edificar pero al mismo tiempo destruir, pues todo depende de las manos en las que se ponga. Por si solas las drogas no son buenas ni malas, son los actos de quienes las consumen quienes condicionan su naturaleza. En cambio, mi problema con las drogas ilegales tiene que ver con la violencia que ha generado su comercialización.

Siguiendo una línea de desarrollo moral planteada por Kohlberg, mi postura respecto al consumo de drogas ilícitas se encuentra en un tercer nivel “De derechos prioritarios y contrato social o utilitario”, ya que mi decisión se fundamenta en un contrato social que he tomado por verdad y que protege mis derechos y los de los demás. Parafraseando a  Jean Paul Sarte “mi libertad acaba cuando comienza la de otro” y bajo esta idea el consumir drogas ilegales, dentro de nuestro contexto actual en el que la distribución está en manos del crimen organizado, implica un apoyo directo a su labor y por ende la aprobación de la violencia. Si nuestras condiciones sociales fuesen las de Ámsterdam, por ejemplo, seguramente mi postura no sería tan tajante. Desgraciadamente, hoy por hoy, estamos muy lejos de esta estructura de comercialización de drogas y el financiar el corazón de la actividad del narcotráfico no es opción.

Es el utilitarismo la teoría ética que sustenta mi decisión al dilema ético planteado. Supongamos que el beneficio que espero obtener de las drogas es meramente recreativo, ¿es ético poner el propio estado de bienestar (momentáneo) encima del derecho a la vida que los otros tienen? Cuando he expresado esta postura, más de uno responde “pero se matan entre ellos y bien saben en lo que se meten y lo que les puede pasar”. Este argumento presenta dos errores dentro de mi razonamiento ético: el primero radica en el engaño de que sólo se mata o desaparece a los “malos”. ¿Cuántas veces no hemos escuchado “seguro lo mataron por algo” o “andaba mal”? ¿Cuántas veces no hemos criminalizado la muerte de un inocente, de alguien que por azares del destino estuvo en el lugar y a la hora incorrecta? Criminalizamos la muerte del desconocido sin tener conocimiento de causa. El segundo error es darle o restarle valor a la vida humana de cierto grupo. La vida de los “malos” también cuenta y por lo tanto la respeto. Decido regirme bajo una lógica utilitarista pues mi decisión representa el bien para el mayor número de personas.

Entonces, ¿no consumir drogas nos exime del problema? ¿es todo lo que se necesita para erradicar la violencia, para sentirnos éticos? La respuesta es no. Si el consumo de drogas fuese una mera cuestión económica, de oferta y demanda, nuestra decisión erradicaría el problema. Sin embargo, las drogas nunca desaparecerán (ni sus consumidores ni sus comercializadores) y seguirán poblando esta tierra. Además, el narcotráfico ha incursionado en otros negocios en los cuales los bienes generados poco tienen de ilícito y muchas veces es difícil identificarlos. Y aunque el hecho de no consumir drogas ilegales no erradique al narcotráfico, al menos no se está financiado el origen del problema. Por lo tanto, ¿qué le corresponde a una ciudadana como yo, además de no consumir drogas ilegales? Conversar con el amigo y decirle que, para su tristeza, su ansiedad, su enojo, su insomnio, su soledad, su creatividad, su nirvana estamos nosotros: los amigos, los libros, la música, la pintura, el cine, el deporte, la ciencia.  Me corresponde apoyar e impulsar leyes e iniciativas que le resten poder al crimen organizado, como la legalización de las drogas. Que si el día de mañana decido echar a andar una idea de negocio este ofrezca empleos bien remunerados, en los que además del dinero, las personas encuentren una opción más viable y pacífica de autorrealización y movilidad social.  Y finalmente, pero no menos importante, poner este discurso sobre la mesa y hacerlo llegar a los oídos de aquellos que, con una doble moral, rechazan y reniegan públicamente de la violencia que genera el narcotráfico pero que, en soledad o presencia de unos cuantos, no dudan en consumir lo que tanto dicen despreciar.

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