Para el tío Mario o cumplir un año más

Este once de febrero amanecí con veintitrés años encima y el tío Mario con más de sesenta. Desperté con dolencias en la espalda, en los pies y sé que él también. Sin embargo, las suyas tienen que ver con una vida de trabajo en tierras ajenas y lejanas.

Pienso, que siempre me ha producido cierta alegría saber que nací el mismo día en el que lo hizo el tío Mario. Porque pude haber nacido (o no) en otro, pero lo hice muchos años después en su cumpleaños. ¿Cómo habrá sido aquel once de febrero del noventa y cinco?, ¿se habrá conmovido al saberme nacida ese día? No, no lo sé y tampoco me he plantado para preguntárselo, me basta con sentir el abrazo mutuo cada cumpleaños en los que hemos podido coincidir.

Recuerdo que más de una vez le dije a mi padre “es que tú quieres tanto a mi tío Mario que hiciste que naciera el mismo día que él para que no se te olvidara su cumpleaños”. Sé que no fue así, pero la sonrisa que mi padre lanzaba, al escuchar mi ocurrencia, me hacía creer que la idea no le desagradaba del todo. Porque si de algo fui consciente fue del cariño y la gratitud que mi padre sentía por el tío Mario, pues desde el momento en que el abuelo Antonio murió, el tío Mario se le convirtió en una especie de padre.

Y aunque yo no sienta como un padre al tío Mario, sí profeso un gran cariño y una enorme gratitud por él, porque cuando fue mi padre el que murió y volver a casa se me hizo insoportable, tuve la de él para sanar un poco el corazón. Lo tuve a él y al plato de comida caliente que preparaba la tía Elvia (como debería llamarla), y tuve la risa y tuve la complicidad de cada uno de sus hijos, mis primos.

Sí, porque el día que mi padre murió, tácitamente, me entregó algo más que su cariño. Al darme el reloj, la pluma y el celular de mi padre, depositó una especie de confianza y esperanza en mí. Y aunque a primera vista son sólo objetos, ¿quiénes de los que lo conocimos no sabíamos la importancia de estos? En especial de aquella pluma, que parecía nunca descansar ante esa manía de mi padre, la de escribir, dibujar y hacer cálculos incluso sobre servilletas mientras comíamos. Aquella pluma que parecía protestar y manchar los bolsillos de sus camisas cada que podía. Sé que esos objetos pudieron estar con alguien más y quizás, sin pensárselo mucho o de forma intencional, el tío Mario decidió entregármelos a mí. Él no sabe, pero desde aquel día yo firmé una especie de pacto, igual de tácito: no desentenderme de su existencia como lo hice con muchas otras personas, estar siempre para él.

Lo que él tampoco sabe (o no recuerda) es que tiempo después, gracias a una tarde en la que bebió más de lo permitido, aquel gesto se hizo palabra.

Que vengan muchos años más para el tío Mario, vida.

Canción para cumpleaños

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