Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural

“Te presento a aquellos que te han precedido y el mundo del que vienes, pero te presento también otros universos para que tengas libertad, para que no estés demasiado sometida a tus ancestros. Te doy canciones y relatos para que te los vuelvas a decir al atravesar la noche, para que no tengas demasiado miedo de la oscuridad y de las sombras. Para que puedas poco a poco prescindir de mí, pensarte como un pequeño sujeto distinto y elaborar luego las múltiples separaciones que te será necesario afrontar. Te entrego trocitos de saber y ficciones para que estés en condiciones de simbolizar la ausencia y hacer frente, tanto como sea posible, a las grandes preguntas humanas, los misterios de la vida y de la muerte, la diferencia de los sexos, el miedo al abandono, a lo desconocido, el amor, la rivalidad.  Para que escribas tu propia historia entre las líneas leídas”. Michèle Petit.

Del otro lado de la ventana, pequeñas gotas de lluvia asperjaban los herbazales, casi reverdecidos, del paisaje francés. Y con la misma calma que con la que llovía, el llanto se me presentó, como si este hubiera querido unirse al festín de allá afuera.

Una vez recuperada la nitidez parcial de mis ojos, abrí de nuevo el libro y volví a leer las líneas que habían sido la causa de tal efecto: “Los padres disponen de recursos intelectuales que ningún diploma convalida, pero que son esenciales, como la capacidad de contarle a sus hijos su historia y la de sus antepasados o, de manera más amplia, la aptitud para inventar gestos, palabras, relatos, para introducirlos de manera poética y hacer de los rituales cotidianos una fiesta compartida”.

La primera lágrima llevaba uno de los recuerdos más significativos de mi vida, cuando mi padre comenzó, como dice Michèle Petit, a presentarme el mundo que otros le pasaron y del que se apropió, el mundo que descubrió, construyó y amó. Aquel recuerdo aludía a la noche en la que mi padre me leyó por vez primera el cuento La violeta fresca (Jaramillo, Horacio. Los puros cuentos del desarrollo humano. México, D.F: Diana, 1995):

Había una vez un rey que después de un largo viaje por el extranjero, se encontró con un extraño suceso en su reino, algo nunca visto estaba pasando en los jardines reales. Al cruzar las murallas protectoras encontró que los árboles y las flores morían irremediablemente.

—¿Qué es lo que está sucediendo con los jardines?— Preguntó enfurecido a los jardineros—. ¿Quién de ustedes ha descuidado las plantas?

—Nadie, majestad. Los árboles tienen abono y las flores cuentan con agua abundante; parece que un brujo se metió por la noche entre ellos y los enfermó a través de un extraño maleficio—contestaron los servidores.

—¿Qué clase de maleficio es ese? ¿Cómo se puede embrujar la vida de las plantas?—interrogaba el rey—. ¡Busquen a alguien que pueda romper el embrujo!—ordenó.

La orden se cumplió de inmediato, llevaron ante la presencia real a un mago que podía comunicarse con la naturaleza.

El rey pidió que los arboles comunicaran sus males.

—Yo no puedo crecer tan alto como el pino—afirmó el roble—. Y no me siento bien con mis ramas.

—Yo soy alto—Señaló el pino—. Pero me pone triste el que no pueda dar uvas como la vid.

—Yo tengo frutos—añadió la vid—,pero prefiero morirme porque no puedo florecer como la rosa.

El mago se dio cuenta de que la trampa del brujo había sido la misma para enfermar a sus arboles más importantes, pero se sorprendió al darse cuenta de que la planta de la violeta estaba radiante y fresca, como la había dejado tiempo atrás antes de iniciar su viaje, así que le preguntó:

—¿Cómo es que no caíste bajo hechizo del brujo y no te has marchitado como el resto del jardín?

—Majestad— dijo la violeta—simplemente entendí que yo era violeta, de color violeta, con el tamaño y el olor de las violetas y nada más que eso. Comprendí que si hubieras deseado sembrar un roble, un pino, una vid o un rosal lo habrías hecho, pero querías violetas y me plantaste a mí, y no puedo ser otra flor diferente a la que soy, por ello permanezco floreciendo. Hay que entender que no vale la pena sufrir por no ser tan listo, alto, fuerte o bello como otro. Cada uno tiene sus propias ramas, sus frutos, sus flores y su aroma.

En ese entonces yo era una niña de poco más de seis años y pasaba la noche en el hospital tras ser operada de mi tobillo. Con aquel cuento, mi padre dotó de más simbolismo mi existencia: no necesitó decirme “sé fuerte” cuando el dolor aparecía de forma repentina, porque bastaría de acordarme de aquella violeta fresca para soportar el dolor; no me dijo “no hagas caso a las burlas”, cuando algún compañero de la escuela llegaba a hacer bromas de aquel tobillo de tamaño inusual porque bastaría recordar a la violeta fresca que no lograba marchitarse;  tampoco me dijo “cuando sepas leer tienes que hacerlo”, bastaría recordar a la violeta fresca para quererme encontrar (y encontrar a los que me rodeaban) personificados en otros cuentos. Desde ese día, mi padre me dijo lo mucho que me amaba en forma de “violeta fresca” y así lo siguió haciendo con más palabras, cuentos, anécdotas.

Aquel recuerdo dio paso a un caudal de reminiscencias en las que mi padre me inició en el mundo de la lectura (incluso antes de aprender a leer) e hizo de “los rituales cotidianos una fiesta compartida”: las mañanas en las que lo acompañaba a comprar el periódico y a cambio recibía un chocolate en forma de carrito, los primeros libros ilustrados que me regaló, mis primeras enciclopedias (aquellas que editaba el periódico El Debate), esperar que llegara de trabajar para ir por unos tacos y comprar revistas en el puesto de al lado, aquella tarde en la que le recitó un poema a mi madre en la fila del supermercado porque fue allí donde se conocieron,  cuando me habló sobre utopía, las noches en las que pedía que le quitara las botas mientras leía y otras tantas en las que se quedaba dormido en el sillón, con libro en mano, y yo hacía hasta lo imposible por despertarlo para que se fuera a su cama. Incluso, recordé la última noche que lo vi: yo me fui a dormir y él se quedó leyendo en la sala. Además de los años posteriores, donde los libros me han ayudado a afrontar su ausencia.

Tan solo con treinta páginas leídas, el libro de Michèle Petit Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural (Fondo de Cultura Económica, 2015) me abrazaba con una calidez tremenda. Aún faltaban diez horas para llegar a Barcelona y sabía que ese libro sería un buen compañero.

Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural, según su autora,  nace como un acto de rebeldía ante la necesidad cada vez más acuciante, si se defienden las artes y las letras, de exhibir pruebas de su rentabilidad inmediata, como si esa fuera su única razón de ser. Ambiciona responder a preguntas como ¿para qué sirve leer?, ¿por qué leer hoy?, ¿por qué incitar a los niños a que lo hagan?, ¿qué relación puede haber entre las páginas y las pantallas?, ¿cómo transmitir el gusto por la lectura y las prácticas culturales?

Y entonces:  ¿para qué sirve leer?

Al igual que la autora considero que las ventajas de leer van mucho más lejos de las que, de alguna u otra manera, se pueden cuantificar, como el desarrollo de competencias orales y escritas. Leer mina mucho más lejos porque leer sirve para dotar de simbolismo la vida misma. Sin las lecturas que me acompañan y de las que estoy hecha, el espacio que me rodea no me diría nada: ¿me remitirían los paisajes verdes, que observaba por la ventana, a los escenarios de los últimos cuentos que leí de James Joyce y con los que poeticé los verdes de Dublín?, ¿pensaría que el tiempo que invierto leyendo es una victoria ante Los hombres grises de Momo?, ¿creería que con cada  primavera hay un Santiago que ha vencido a la fatalidad?, ¿poetizara o dotara de simbolismo a mariposas amarillas, cartas color violeta, la imperfecciones de mi cuerpo,  la tierra, la lluvia..? Incluso, el simbolismo de mi nombre sólo se viera reducido a una simple relación con un color más. En ese momento,  a diez horas lejos de Barcelona y a más de nueve mil kilómetros de mi hogar, yo era una prueba de que necesitamos el simbolismo para salir del caos porque leer es darle vida a la vida misma.

Terminé el libro antes de que el sol se metiera. Al despegarme de él y reposar la mirada sobre algún rincón del autobús, sentí que estaba más acompañada que nunca: el recuerdo de mi primer “transmisor cultural” estaba más vivo que nunca y no pude sino agradecer a la vida por aquellos años a su lado y los que entre las líneas de futuras lecturas nos quedan. Nuevamente me pregunté “¿para qué leer?”: para que ni la puta muerte nos mate el amor.

2 comentarios sobre “Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural

  1. No lo he leído, pero lo haré pronto. La. Magia de las palabras esta presente en esta narración, invita y despiertes el deseo de apropiarse de ese libro.
    Gracias Hedda,por compartir, desde que tomé un taller contigo has logrado contagiarme para seguirme preparando y hacer llegar a mis alumnos estas experiencias tan gratificantes que en la lectura encuentro.
    Mis alumnos disfrutan las actividades que les propongo y yo… Disfruto de verlos disfrutar gracias por compartir…

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