Sobre amistad y distancia

“(…) No me interesan los buenos de espíritu ni los malos de hábitos. Me quedo con aquellos que hacen de mí loco y santo. De estos no quiero respuestas, quiero mi revés. Que me traigan dudas y angustias y aguanten lo que hay de peor en mí. Para eso, sólo siendo locos. Los quiero santos para que no duden de las diferencias y pidan perdón por las injusticias(…) Mis amigos son todos así: mitad tontería, mitad seriedad. No quiero risas previsibles ni llantos piadosos. Quiero amigos serios, de aquellos que hacen de la realidad su fuente de aprendizaje, pero que luchan para que la fantasía no desaparezca. No quiero amigos adultos ni estudiantes. Los quiero mitad infancia y otra mitad vejez. Niños, para que no olviden el valor del viento en el rostro, y viejos, para que nunca tengan prisa. Tengo amigos para saber quien soy. Pues viéndolos locos y santos, tontos y serios, niños y viejos, nunca me olvidaré que la normalidad es una ilusión imbécil.” Oscar Wilde

Tan pronto nos abrazamos, a un costado de Plaza Cataluña, Ángela dijo: “¡Aaaay Viole, tu perfume me recuerda a Río!” Y como un reflejo a tal afirmación, la abracé más fuerte. Pensé “que así como el sabor del agua de coco me recuerde a la música de los bares de Lapa, a los atardeceres violáceos en Copacabana, a mis pies descalzos recorriendo las banquetas empedradas, en blanco y negro, de Ipanema, exista un aroma capaz de evocar recuerdos similares y que además sea yo quien lo propague, es motivo de mucha alegría”.  

Estábamos en Barcelona, ella por dos días y yo por más de ciento ochenta: era el número dos en mi etéreo reloj de arena y ni siquiera tenía donde vivir. Así que caminamos hasta el hostal del Barrio Gótico en el que viví mi primera semana en Barcelona. “¿Es bonito?”, preguntó Angela. “Es como el de Paraty, pero el colchón es más cómodo” dije y ella sonrió divertida porque sabía que eso era un “sí, sí es feo pero es barato”. Tan pronto llegamos y localizamos su cama dentro de las trece restantes, salimos a recorrer las pocas calles que ya había memorizado en los días anteriores. Cenamos y después bebimos. Teníamos tanta nostalgia por compartir que cuando menos pensamos el Barrio Gótico comenzó a hacer alarde de su nombre: callejuelas casi desoladas, que se resisten a sumirse en la noctámbula oscuridad y por tramos la luz incandescente de los faroles irrumpe su aire frívolo y añoso. A pesar de ser conscientes del poco tiempo que nos restaba juntas, ambas decidimos ir a dormir pues el sol pronto nos revelaría calles para caminar, para rememorar. 

La Sagrada Familia, Park Güell, Las Ramblas, el Mercado de La Boquería y la playa de la Barceloneta fueron huerto en el que esparcimos recuerdos, durante los siguientes días, en los que nunca fuimos presas de silencios incómodos (cosa que se esperaría de una amistad que se construye con la distancia por compañera). Porque siempre había tiempo para una pregunta más, para un recuerdo, para una anécdota, para una descripción de nuestras respectivas vidas al otro lado del atlántico y aún más impresionante era como encontrábamos puntos de referencia: sueños, deseos, amores, miedos, obsesiones, errores, planes. Así pasaron esos dos días en Barcelona, en los que la angustia y el desánimo, que me abatían cuando recordaba que aún no daba con mi hogar barcelonés, fueron remplazados por el entusiasmo de continuar una historia que comenzamos en la Ciudad Maravillosa.

Cuando Ángela se marchó, fue imposible no sentir el corazón afligido. Era la segunda vez que sentía que con ella se iban referentes de mi amor por Río de Janeiro, que me despedía con un trémulo y raquítico  “nos vemos pronto”. Sin embargo, era la primera vez que su ausencia prometía un hasta pronto, de días o semanas. 

***

Los últimos días el corazón no ha sido el más afortunado y eso Ángela lo sabe, así que cuando percibió el desánimo en mi voz, no dudó en ofrecerme su amistad, su hogar, su ciudad para sanarlo un poco. Y eso hice, me fui a Rennes para que el corazón recordara que en este continente no estaba solo.

Ángela sabe que no quería regresar a Barcelona. Lo que quizás no sepa es el bien que me hicieron esos ocho días a su lado, que la rutina tácita que se implantó durante esa semana fue sanadora: despertar y comer todo el cereal que pudiéramos; visitar una ciudad, un museo, una biblioteca, una librería, un pueblo, un rincón nuevo; tomarnos un café con algún postre francés; preparar la comida (ya fuera pasta, galletes, arepas, patacón con hogao o tacos). Beber vino, cerveza, fumar, ver uno o dos capítulos de Love…

Gracias por tanto: por escucharme y beber conmigo como lo hubiera hecho Benjamín, cuidarme como lo hubiera hecho Yadira y hacerme reír como lo hubiera hecho Alexis. Me llenaste el corazón de amor, de anhelo. Gracias por continuar con esta historia que empezó una tarde en la Universidade Federal do Rio de Janeiro, en la que con ese dulce colombiano también me ofreciste tu amistad. 

Te quiero “harto”, Ángela. 

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