Cuando juntas dos celebraciones en Barcelona, muchas cosas acontecen

En algún punto de mi vida, quiero trabajar por y para los libros. Esto lo he sabido desde hace bastante tiempo y el hecho de haber hecho un semestre de intercambio en Barcelona, fue una elección que tuvo como base los libros.

No es una casualidad que los grupos editoriales con mayor participación de mercado en lengua hispana, incluso aquellos grupos editoriales que no destacan en números (pero sí en calidad literaria), hayan surgido y operen en Barcelona. Además, Barcelona es una de la ciudades que la UNESCO ha denominado como Ciudad Literaria (dentro de su Red de Ciudades Creativas) por su contribución literaria: su impacto en la expresión cultural, la presencia en sus tradiciones y su impacto económico.

Por Barcelona pasan escritores, editores, profesionales de la industria e incluso yo, aspirante a todo lo anterior: a una vida librocentrista.

Sin embargo, la decisión de elegir Barcelona como destino de mi intercambio, se hizo determinante gracias a Georgina Mendívil, quien en ese entonces era la fundadora y profesora (disculpa Geo) del taller literario de mi universidad, al que asistía todos los jueves.

Geo conocía mis intenciones de irme de intercambio, quizás sin preguntármelo.  Mis pretensiones de viajar eran una obviedad: más de una vez escribí relatos sobre ello en el taller. Cuando finalmente le conté, a Geo se le iluminó el rostro. “Definitivamente tienes que irte a Barcelona y estar allí el 23 de abril”.

No necesité hacerle muchas preguntas para que Geo comenzara a describirme lo que viviría ese día. “El 23 de abril es día de San Jorge (Sant Jordi), santo patrón de Cataluña. También, coincide con el Día Internacional del Libro debido a que un 23 de abril Miguel de Cervantes y William Shakespeare murieron. Cuando juntas estas dos fechas conmemorativas, en un solo día y en Barcelona, muchas cosas acontecen”.

Posteriormente Geo me narró cómo las calles, en especial Las Ramblas, se llenan de rosas y libros. Y aunque la tradición dice que los hombres le regalan una rosa a las mujeres y las mujeres un libro a ellos, vi las manos de ambos tanto con flores como con libros. Las bibliotecas abren sus puertas de par en par, con exposiciones y decoración especial.  Además, la industria editorial hace de la tradición su ventana comercial: llena centros comerciales y plazas de presentaciones, mesas redondas, firmas de libros.

Salí aquel jueves del taller literario deseando que los días pasaran rápido que, al día siguiente y al mirar al celular, marcara 23 de abril. Pero apenas era noviembre, faltaban varios meses para que yo pudiera vivir aquel día.

Y lo viví. Aquel 23 de abril del 2016 desperté más temprano de lo acostumbrado, repasé la lista de lugares y cosas que haría en ese día y les recordé a mis amigas mis planes. Por la mañana caminé por Las Ramblas, esquivando la multitud, que esa vez no incomodaba, hasta llegar a mi primer destino: Casa Batlló. Edificio en el que Antoni Gaudí representó arquitectónicamente la leyenda de Sant Jordi en la que él salvó a su princesa matando al dragón que la tenía presa y de cuya sangre brotó un rosal.

Aunque las rosas con las que visten la fachada de la Casa Batlló durante ese día sean artificiales, la obra de Gaudí no deja de verse más linda de lo normal. Posteriormente visité la Biblioteca Nacional de Cataluña, volví a caminar por Las Ramblas y sus calles transversales (parando de estante en estante) hasta el anochecer.

El día parecía que había terminado pero las calles y sus bares decían lo contrario, mucho más cuando me encontré con Majo y me vio con las manos vacías. “No, no se puede acabar el Sant Jordi sin que, al menos, tengas una rosa” y en el primer puesto que vio, fue y me compró una rosa. En gratitud me correspondía comprar la cerveza que inauguraría la noche y botella que luego utilizaría como el florero de mi rosa.

La noche del Sant Jordi la viví con amigos y conocidos, comenzando en L’Ovella Negra y terminando en algún bar de la Barceloneta, en la que la noche acabó para mí al ver que alguien me había robado el bolso. Incluso, con ese broche que fue de todo menos de oro, sentí que aquel día había sido un recordatorio y, al mismo tiempo, un incentivo para continuar con aquel sueño de vida librocentrista. Sueño que sigue marcando mi ruta.

 

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